Rubén Darío

 

Yo soy aquel que ayer no más decía
El verso azul y la canción profana,
En cuya noche un ruiseñor había
Que era alondra de luz por la mañana.”

Rubén Darío

EL347214

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de Manuel Gandarias Carmona Publicado en Nube

Rubén Darío y Paca 3

 

El amor prohibido de Rubén Darío

18/05/2014 – 00:00 Fátima Uribarri – XL Semanal

Ella era hija de un jardinero; él, el Príncipe de las Letras Castellanas. Vivieron juntos 16 años, tuvieron cuatros hijos, pero no se pudieron casar: él nunca pudo librarse de su anterior mujer, que impidió el divorcio con verdadera inquina. La periodista Rosa Villacastín, la nieta de Francisca Sánchez, cuenta la historia de amor entre su legendaria abuela y Rubén Darío en el libro ‘La Princesa Paca’. ¿Qué unió tan hondamente a una joven analfabeta y a un genio de las letras

Rosa Villacastín tenía entonces nueve años, pero nunca olvidó aquella visita. Estaba en casa de su abuela Paca, en Navalsauz, un pueblecito de Ávila, del que procede su familia materna, cuando los vio llegar. Eran dos importantes visitantes y querían ver a su abuela.

La escritora Carmen Conde primera mujer en ingresar en la Real Academia de la Lengua y su marido, Antonio Oliver, habían viajado hasta aquel pueblecito de la sierra de Gredos para hablar con Paca de un misterioso baúl azul, un arcón que la pequeña Rosa había visto en la buhardilla de la casa del pueblo. La abuela Paca al principio se mostró recelosa, pero Conde y Oliver acabaron por convencerla de algo que aún hoy toda la literatura hispana agradece. Tras aquel encuentro, celebrado en 1956, Paca donó al Estado el contenido del baúl: postales, telegramas, fotos, tarjetas de visita y la abundante correspondencia que Rubén Darío mantuvo con otros grandes escritores de la época y con ella misma, con su querida Paca, su gran amor. Así descubrió Rosa Villacastín que su abuela Francisca Sánchez del Pozo había sido durante más de 16 años la mujer (aunque sin casarse) de Rubén Darío. Que, además, había tenido con él cuatro hijos y que había sido su compañera fiel en París, Madrid, Palma de Mallorca y Barcelona durante una de las etapas más ricas y tormentosas del poeta.

La historia es digna de un folletín, con un protagonista principesco, una muchacha de origen humilde y una mujer malvada. El galán es Rubén Darío, Príncipe de las Letras Castellanas y precursor del modernismo; la cenicienta, Francisca Sánchez, hija de un guardés de la Casa de Campo, una mujer sencilla y analfabeta; y la pérfida, Rosario Murillo, segunda esposa del poeta.La historia de Paca arranca en Navalsauz. Su padre, Celestino, un campesino lleno de hijos, trabaja las tierras de don Francisco Silvela. Cuando el político es rehabilitado y lo llaman a Madrid para presidir el consejo de ministros, le ofrece a Celestino un puesto como jardinero de los terrenos del Palacio Real.

Francisca, la hija mayor, se encarga de llevar la comida a su padre a la Casa de Campo. Allí se cruza un día con dos hombres, uno de los cuales galantea con ella. Francisca, que no ha ido a la escuela, no reconoce a su admirador, el escritor nicaragüense Rubén Darío, de paso por España a instancias del diario argentino La Nación para narrar el clima del desencanto español tras el desastre de 1898. Paca tampoco reconoce a su amigo, don Ramón María del Valle-Inclán.

Las habilidades galantes de Darío surten efecto: al mes y medio de conocerlo, Francisca de 24 años ya vive con él y está embarazada. El escándalo familiar es mayúsculo. Al principio, los padres de ella están indignados con el poeta, que los convence de su buena fe con un viaje a Navalsauz, en tren y en pollino, para pedir formalmente la mano de Francisca, aunque solo sea para callar las habladurías: Darío piensa casarse con Paca, pero… ya estaba casado. Félix Rubén García Sarmiento tuvo una vida atropellada, de idas y venidas, romances, borracheras y tertulias. Había nacido en Metapa (Nicaragua) y el desarraigo lo visitó pronto: su padre, alcohólico, se marchó; su madre lo dejó con unos tíos abuelos cuando encontró a otro hombre.

Félix Rubén tomó por apellido ‘Darío’, un antiguo apodo de la familia (así se llamaba un tatarabuelo), y se reveló como un niño prodigio: a los 3 años ya leía y a los 13 publicaba poemas en los periódicos.Vivió de escribir poemas y crónicas en la prensa, se mudó a Chile y El Salvador y saltó a la fama por su poemario Azul. Tuvo una primera mujer, Rafaela Contreras, con la que tuvo un hijo y a la que le fue infiel con una adolescente de ojos de gata, la Garza morena que describe en Azul, una muchacha ambiciosa que lo cautivó y le amargó la vida: Rosario Murillo. Cuando murió Rafaela, a Darío lo embaucaron Rosario y su hermano Andrés, un ávido político: lo emborracharon y lo casaron. Nunca se pudo desatar de aquella cadena. Así lo creía Paca, aunque no es solo la típica versión de la ‘amante que odia a la ex de su hombre’: es una verdad corroborada por expertos en la obra de Darío, como Teodosio Fernández, que confirma: «Rosario Murillo le hizo la vida imposible a Darío y le impidió siempre el divorcio».

Cuando Francisca lo conoció, Darío era un hombre de prestigio, admirado por Manuel Machado o Juan Ramón Jiménez. Era también un hombre alcoholizado y atormentado. Con la hija del jardinero encontró, sin embargo, una vida serena: Paca era atenta y solícita, estaba pendiente de sus gustos y necesidades. «Mi abuela le dio un hogar. Darío nunca había tenido uno», explica hoy Rosa Villacastín. Paca y Darío vivieron primero en un pisito de la calle Marqués de Santa Ana, en Madrid. No fue una vida fácil. El primer obstáculo fue social. Como su familia al inicio, muchos se distanciaron, reprobando esa convivencia sin matrimonio. La niña que esperaban poco después de conocerse, Carmen la primera que tuvieron, murió de viruela al año de nacer.

En 1900, La Nación envió al poeta a París a cubrir la Exposición Universal. Pese a no conocer el idioma ni saber leer, Paca encontró en París cierto sosiego. Amado Nervo compañero de piso de Darío y corresponsal de El Imparcial de México convivió con la pareja y se aplicó con Darío en enseñar a Paca a leer y escribir. La apodó, además, Princesa Paca. Fueron dos años de relativa tranquilidad, aunque los ingresos del poeta eran inestables y su alcoholismo, creciente.

Siguió su vida ambulante con un breve regreso a Madrid, como embajador de Nicaragua; en 1903 tuvo otro hijo: Rubén Darío Sánchez, al que el poeta llamaba Phocás, porque le recordaba al pastor tracio que se convirtió en emperador romano. Terminó a su vez Cantos de vida y esperanza, colaboró con Juan Ramón en la revista Helios y bebía cada vez más.En 1905, Phocás muere. Su padre se atiborra de viajes: a Inglaterra, Bélgica, Río de Janeiro… Suma a su vez otra estancia en París, como cónsul. Allí se encontró Paca con Rosario Murillo, quien, enarbolando sus derechos de esposa legítima, embargó todos los bienes de Darío. Murillo interrumpía también las tertulias, las cenas en los restaurantes…

Paca perdió una niña a los cinco meses de gestación, pero en Francia, en 1907, nació Rubén Darío Sánchez, apodado Güichín. Darío se marchó otra vez, ahora a Nicaragua, a luchar por su divorcio. No pudo ser. La Ley Darío como se conoce la norma para el divorcio en su país exigía que los contrayentes no se hubieran visto ni mantenido contacto alguno en los últimos cinco años. Murillo esgrimió pagos que Darío le había hecho para invalidar la disolución matrimonial.

Un golpe de Estado en Nicaragua despoja a Darío de su puesto en París. Regresa con Paca a España y se instalan en Barcelona. Sus únicos ingresos fijos son los pagos de La Nación. Y el alcohol se ha adueñado de su vida. Sufre neurosis, su aspecto es macilento y febril. Busca el aislamiento.Pero todo empeora. Su secretario, Alejandro Bermúdez, roba inéditos de los cajones, firma artículos en su nombre y lo convence de emprender una insensata gira americana. En el puerto de Barcelona se da la dramática despedida. Paca le suplica que no se marche. Tras su paso por los Estados Unidos y Guatemala, Darío regresa a Nicaragua, llevado por Rosario Murillo, que lo acapara. Allí muere, en 1916.

Paca regresa a Madrid. Pero tiene la fortuna de encontrar a un buen hombre, José Villacastín, que se dedica a reunir la obra del poeta y funda con Güichín la editorial Rubén Darío. Paca tiene con él otra hija, la madre de Rosa Villacastín, con la que regresa a Navalsauz, siempre custodiando el baúl azul, hasta que Carmen Conde y su marido la visitaron.

Paca como fuente de inspiración

Darío le dedicó versos: «Seguramente Dios te ha conducido / para regar el árbol de mi fe / hacia la fuente de noche y de olvido / Francisca Sánchez acompáñame». Paca ayudó al poeta a inspirarse cuando el alcohol y la página en blanco lo estrangulaban. Cuenta Rosa Villacastín en La Princesa Paca que Darío debía redactar el poema de apertura de un importante encuentro de escritores y políticos hispanoamericanos en el Ateneo de Madrid. Cuando Paca llegó a casa, lo encontró desmayado por la angustia y la borrachera. Casi llorando le suplicó que bailara desnuda ante él. Ella lo hizo. De pronto, al poeta le entró un arrebato inspirador y escribió del tirón su Salutación del optimista, que comienza con los versos: «Ínclitas razas ubérrimas, / sangre de Hispania fecunda…».

«Mi tataya, hoy te escribo ya repuesto de unos días de enfermedad que he pasado. Felizmente no ha sido muy fuerte, pero me has hecho muchísima falta. No hay como mi tataya para acompañarme. Recibí tu cartita y así quiero que me escribas. Mucho me gusta que estés engordando y que tú y María estén con buena salud. Cuídate mucho, mucho. Aquí ha vuelto el frío. Está muy bien que te hayas comprado la máquina. Así te distraerás más en la casa y harás tus cositas. Yo ya estoy con ganas de volver a París y procuraré hacerlo lo más pronto posible. Don Crisanto no ha vuelto todavía. Muchos besos a ti y María y que te acuerdes a cada rato de mí, como yo. Tu tatay».

de Manuel Gandarias Carmona Publicado en Nube

Rubén Darío y Paca 2

 

Rubén Darío y la hija del jardinero

La relación entre el poeta nicaragüense, casado, y Francisca Sánchez, con la que tuvo cuatro hijos, enfrentó a la pareja a los convencionalismos de inicios del siglo XX.

Rubén Darío y Francisca Sánchez.
Rubén Darío y Francisca Sánchez.

El argumento parece calcado de las novelas románticas del siglo XIX. La relación sentimental entre Francisca Sánchez, hija del jardinero del Palacio Real, y el poeta Rubén Darío (1867-1916) fue un folletín decimonónico. La princesa Paca, la novela que Plaza & Janes publica el próximo jueves, recrea un idilio que duró 16 años (se conocieron en 1899 y se despidieron en el puerto de Barcelona en 1914) y del que nacieron cuatro vástagos. La novela desvela la vida de una mujer valiente que se enfrentó a los convencionalismos de la época para vivir con el hombre que amaba. Hasta ahora, los biógrafos del poeta la habían tachado de analfabeta y mantenida pero bajo su inspiración escribió Cantos de vida y esperanza, los cisnes y otros poemas. La compleja relación sentimental (él estaba casado con una nicaragüense apodada la Garza morena) se aliña en el libro con pinceladas del sustrato político y literario de la época. Junto a personajes como Emilia Pardo Bazán, Valle-Inclán, Azorín, Ramiro de Maeztu y los hermanos Machado, que lo reverenciaban como el gran maestro del simbolismo moderno, la novela recrea también la figura del poeta como pionero y defensor de lo que denominó como la patria del idioma. La lengua, decía entonces, era el único puente capaz de sortear todos los océanos. Una idea que Carlos Fuentes redefinió un siglo más tarde como el territorio de la Mancha.

Rosa Villacastín, nieta de Paca, ha escrito una novela basada en sus cartas

La peculiar pareja se conoció en los jardines del Palacio Real, la mañana en que el poeta presentó sus credenciales a la reina María Cristina que ejercía como regente de Alfonso XIII. El poeta, que en ese momento iba acompañado de Valle-Inclán, uno de sus grandes amigos españoles, ya había publicado Azul y ejercía en Madrid como corresponsal de La Nación de Buenos Aires. En el caso de la pareja se puede hablar de un flechazo. Él estaba casado con Rosario Murillo, de la que se dice que coqueteaba con la magia negra, la santería y la Macumba. El autor deProsas profanas nunca consiguió divorciarse de ella pese a que el poeta influyó notablemente para que en Nicaragua se aprobara una ley del divorcio, que se conoció como la Ley Darío.

VIDA EN MISIVAS

Ruben Darío mezcló periodismo ydiplomacia a lo largo de toda su vida, lo que le llevó a ser un gran viajero. Su primera profesión le dio para vivir más que pertenecer al cuerpo diplomático, que a cambio le permitió visitar casi todo el continente americano y Europa. Tanto viaje hizo que pocas veces estuviera presente en los nacimientos de sus hijos: Si con Francisca Sánchez tuvo cuatro —dos murieron de bebés, otro con tres años y solo el pequeño, Rubén Darío Sánchez, sobrevivió a la pareja—con sus dos esposas precedentes tuvo sendos vástagos. Ese ir y venir provocó una ingente cantidad de cartas entre Darío, su familia y sus amigos, en especial con Paca.

Para completar el folletín, la novela la firman la periodista Rosa Villacastín (nieta de Francisca Sánchez) y el escritor Manuel Francisco Reina. Como heredera universal del poeta nicaragüense, su compañera guardó en un baúl durante décadas cartas, manuscritos, facturas, colaboraciones periodísticas, recetas de comida centroamericana y hasta los cuadernos con tapas de hule en los que aprendió a leer y a escribir. Entre los documentos se guardaban, entre otros manuscritos, los originales de Salutación del optimista y otros poemas cuya publicación se adelantó en algunas revistas de la época y que luego fueron reunidos en Cantos de vida y esperanza, los cisnes y otros poemas,cuidadosamente editados por su amigo Juan Ramón Jiménez. Todo el material (6.000 documentos) fue donado en 1956 a la Universidad Complutense de Madrid pero en poder de la nieta quedaron algunas de las cartas que su abuela quiso conservar y que guardó durante cincuenta años como recuerdo de esa relación. Algunas de esas misivas, en las que el poeta se refiera a ella como coneja y se despide como Tatay (papaíto), se hacen públicas ahora, acompañando la novela. A través de las cartas, se siguen las idas y venidas de la política nicaragüense, plagada de intrigas políticas, pero también las presiones políticas y los problemas económicos de una de las grandes figuras literarias del XIX al XX.

La propia Villacastín, que fue criada por su abuela hasta los 16 años y conocía de primera mano la aventura que había vivido al lado del Príncipe de las letras hispanas, catalogó todo el material para la Universidad durante años. Desde el principio, los autores descartaron la idea de reunir todo el material en una biografía. A su juicio una novela pesa más y llega a un público más amplio. “He cumplido un sueño”, contó la periodista al referirse al libro en el que rinde homenaje a una mujer “arriesgada”. “Su gran mérito, aparte del amor, fue dotarle de una estabilidad de la que había carecido desde niño. Supo adaptarse a la difícil vida que supone compartirlo todo con un genio”. Como compensación en ese equilibrio que se establece entre las parejas, Darío se convirtió en su Pigmalión. La transformó en una mujer refinada y le enseñó las cuatro reglas. “Hasta ahora los biógrafos del poeta se referían a ella como una mantenida y una analfabeta pero esa imagen se rompe en la novela”, añade Manuel Francisco Reina.

de Manuel Gandarias Carmona Publicado en Nube

Rubén Darío y Paca 1

 

Francisca Sánchez: la dueña del amor y de la obra de Rubén Darío

  • Francisca conoció a Rubén en la Casa de Campo

  • Vivieron juntos 17 años entre Madrid, París y Barcelona

  • Tuvieron cuatro hijos, sólo sobrevivió uno, Güicho

  • Francisca guardó en un baúl durante 40 años el legado del poeta

PILAR VIDAL

Actualizado: 24/05/2014 04:18 horas

Barcelona, octubre de 1914. El barco Antonio López parte del puerto con destino a Centroamérica. En el muelle, Francisca Sánchez se despide entre lágrimas de su amado, Ruben Darío, príncipe de la letras hispanas que se marcha para impartir conferencias de paz en tiempos de guerra. Fue la última de muchas despedidas, nunca más volvería a ver a su amado poeta.

En 1914, Francisca se despidió de Darío en el puerto de Barcelona. Nunca más se vieron

Catorce meses después, una mañana, Francisca se entera por la prensa de que el padre de su hijo, también bautizado Rubén, ha muerto en su casa natal de Nicaragua. Una cirrosis aguda acabó con su vida, recién cumplidos los 49 años. La distancia y la falta de recursos de la época le impiden despedirse de él en el lecho de muerte. Sufre en silencio su ausencia y le guarda riguroso luto durante años. Se aferra entonces a un baúl azul que había comprado cuando ambos vivieron juntos en París y en el que guardó durante 40 años el legado literario, las cartas y objetos personales del nicaragüense.

Esa fue la voluntad de Rubén Darío en los cuatro testamentos que redactó a lo largo de su vida y a los que ha tenido acceso LOC en exclusiva. Una vida de novela que ha querido rememorar la periodista Rosa Villacastin en La princesa Paca (Plaza y Janés),un relato real del que forma parte en calidad de nieta de Francisca Sánchez y cuyo coautor es el también escritor Manuel Reina.

Cada vez que emprendía un viaje largo, Rubén Darío dejaba escrita su última voluntad. Era muy supersticioso: le agobiaba que a su querida Francisca le faltara algo, especialmente dinero. En el último testamento, redactado unos días antes de fallecer, el poeta nombra heredero universal de sus bienes (es decir, su obra) al hijo de ambos, Rubén Darío Sánchez (Güicho, como le llamaba cariñosamente el poeta), que se quedó huérfano de padre a los 9 años, en 1916.

‘La Princesa Paca’ (Ed. Plaza y Janés), de Rosa Villacastín y Manuel Francisco Reina ya a la venta

Pero él no fue el único beneficiario. Rosario Murillo también estaba en el testamento, aunque fue incluida tras la muerte de Darío y por imperativo legal. Apodada la Garza Morena, fue la única mujer, de los tres amores del poeta, que llegó a ser su esposa. Eso sí, a punta de pistola y bajo los efectos del alcohol, aunque se trató una boda a todos los efectos. Por eso se le otorgó una legítima de 1.600 reales por la obra literaria del autor, correspondiente a lo que había escrito mientras vivía en Nicaragua.

Darío se arrepintió toda su vida de este forzoso enlace que quiso romper y no pudo a pesar de pedírselo al papa León XIII y de conseguir que el Parlamento de Nicaragua creará la Ley Darío del divorcio. Una normativa que finalmente no le sirvió.En el testamento no venía reflejado lo más importante: Francisca Sánchez se encargaría de proteger su memoria y su legado artístico. Ella fue su verdadera mecenas y también su guía. «Los derechos de autor, hasta la mayoría de edad de su hijo Güicho, los cobró mi abuela. La muerte de éste le partió el corazón a mi abuela, que le adoraba. Yo tenía un año cuando falleció en México, en 1948», afirma Villacastín.

Francisca pudo ser una mujer rica, pero nunca le movió el dinero, pese a las necesidades que pasó y las muchas ofertas que le hicieron por los documentos que guardó celosamente durante más de 40 años en el famoso baúl azul. «Ella siempre dijo que quería que todo lo que había en su interior se quedara en España, como así fue, para que no se desperdigase y se le diera el valor que tenía», desvela la autora.

Una tarde de otoño de 1956 en Navalsauz (Ávila), Francisca recibió la visita del también poeta Antonio Oliver Belmás y de su mujer, la escritora Carmen Conde. Ellos la convencieron para que donara todo el tesoro literario y personal de Rubén al Estado. Ella pidió a cambio un piso en Madrid y que se le pagara la carrera a su nieta Rosi (como cariñosamente la llamaba a Villacastín). La niña fue testigo de aquel encuentro «Desde que nací, dormí con mi abuela, ya que mi madre se encontraba muy débil por el parto. Yo la llamaba Lala y creo que en mí, y después en mi hermana Ángeles, volcó todo el cariño y ternura que no pudo dar a algunos de sus hijos porque murieron a una edad temprana», cuenta emocionada la periodista.

EL FLECHAZO

Aquella tarde, Rosa descubrió que Rubén Darío había sido el gran amor de su abuela. Un flechazo que se produjo en la primavera de 1899, cuando sus miradas se cruzaron por primera vez en la Casa de Campo de Madrid. Él, enviado especial del diario argentino La Nación, departía con Ramón del Valle-Inclán. Ella, hija del jardinero del rey Alfonso XIII, le agasajó con una flor. El poeta quedó tan prendado de la belleza y frescura de Francisca, que entonces tenía 24 años, que volvió días después, esta vez sin compañía.

Este es sólo el principio de un noviazgo que contó con una petición de mano especial. Un momento que el nicaragüense plasmó en una de sus crónicas más aplaudidas, titulada Fiesta campesina: «¡Bello día en el fragante y bondadoso campo! Sale un claro sol, comienzan a verse las ovejas… Y mi burrito sigue impertérrito, en tanto que me llegan de repente soplos de los bosques, olientes a la hoja del pino[…] El traje de la paleta es curioso y llamativo. Más de una vez lo habéis visto en las comedias y zarzuelas. Falda corta y ancha, de gran vuelo, que deja ver casi siempre macizas y bien redondas pantorrillas».

Paca se volvió a casar cinco años después de la muerte de Rubén con José Villacastín, en Navalsauz

El mismo año en que se conocieron, la pareja alquiló un piso en Madrid, en la calle Marqués de Santa Ana, 29. Compraron muebles. Dormitorio, comedor, cocina y una habitación que se habilitó como despacho para él. Francisca era una cocinera especial y se hizo popular por sus almuerzos entre los amigos del poeta. A su mesa se sentaban asiduamente otros literatos como Villaespesa, Valle-Inclán, Manuel y Antonio Machado, Azorín… La sopa de ajo, las chuletas de cerdo adobadas y los chorizos de Navalsauz le entusiasmaban a Darío. Se hacía traer frijoles de su país, y enseñó a Francisca a cocinarlos. Le gustaba terminar con un postre casero y nunca bebía vino en las comidas, siempre agua.

En 1901, La Nación requiere al poeta como corresponsal en París. Francisca y su hermana pequeña, María, se marchan con él. Vivieron allí varios años. Lo justo para que la abulense aprendiera a leer y escribir. Tuvo como maestros a su marido y al poeta Amado Nervo, que vivió con ellos una temporada. Él fue quien la bautizó como «la princesa Paca». Rubén le elegía los trajes, los abrigos, las joyas… Y ella lo lucía como si toda la vida hubiese vestido de este modo. Madame Darío la llamaban los franceses al tratarla. Desde allí eligieron la orilla del Nalón en Asturias, la pintoresca Valldemosa (Palma de Mallorca) y Málaga como lugar de veraneo y descanso.

Rosa Villacastín y su abuela Francisca en la casa de Navalsauz donde guardó el baúl con el legado del poeta

A pesar de que juntos vivieron momentos maravillosos, pasaban largas temporadas separados. Darío viajaba mucho para dar conferencias y en busca de inspiración. Esto hizo que en los momentos más cruciales de la vida de Francisca, Rubén no estuviera a su lado. Así, se perdió el nacimiento de sus cuatro hijos, la muerte y entierro de los tres primeros y el bautizo y la comunión de su hijo Rubén.

A ella le dolían las prolongadas separaciones de su amado; él la esperanzaba con firmes promesas y con ruegos de que le fuese fiel. Y fiel le fue toda la vida. No se atrevieron ni a hacerle proposiciones; su postura moral les rechazaba de antemano. Y, aunque no vivía espléndidamente, ella sabía que tenía más que todas, porque era la amada de un príncipe.

El primer testamento manuscrito, con firma de Rubén Darío en el que nombra heredera a Francisca. París, 22 de febrero de 1905

Su relación epistolar era lo que mantenía viva la llama: «Hoy te escribo aunque hace mucho calor porque te quiero tanto que no quiero que pase un día que no hable contigo», «te tengo un inmenso cariño y no quiero sino que seas dichosa y no pases nunca un mal día».

Ella fue su musa, a su lado escribió algunas de sus obras magistrales como ‘Cantos de vida y esperanza’ o ‘Tierras Solares’. Francisca pasaba las noches en vela a su lado cosiendo y practicando la escritura para que a élno se le fuera la inspiración y evitar que cayera en las garras del alcohol.Sólo conseguía estar abstemio cuando pasaba largas temporadas con ella. «La historia ha sido injusta con ella por el hecho de ser mujer y no ser la esposa legítima. En figuras determinantes de la Historia como Rubén, su biografía es fundamental para entender la obra. En este caso el amor entre ambos fue imprescindible para el devenir de todo. Francisca fue una avanzada a su época en muchos aspectos», asegura Manuel Reina, coautor de la novela.

La abuela Paca se volvió a casar en 1921, cinco años después de la muerte de Rubén, con José Villacastín, en Navalsauz (Ávila). Con él tuvo dos hijos. El varón murió y la niña, Carmen, es la madre de Rosa y Ángeles Villacastín. Con él viajó hasta Managua (Nicaragua) para visitar la tumba de Rubén y también fundó una editorial para reeditar su extensa obra literaria. José gastó su fortuna en rememorar al poeta. Como dice su nieta Rosa, es un personaje que merece novela aparte. Francisca descansa en el cementerio de Carabanchel (Madrid) desde agosto de 1963. Su príncipe, en la catedral de Nicaragua. «Seguramente, Dios te ha conducido para regar el árbol de mi fe, hacia la fuente de noche y de olvido,Francisca Sánchez, acompáñame…».

de Manuel Gandarias Carmona Publicado en Nube

Francisca a Rubén Darío

 

Fuiste mio, pero jamás pude retenerte,pero me perteneciste. Llegaste de improvisto con tu fuerza irresistible a mi vida, y me arrancaste de ella.
Fuiste mi inspiración, y viví tu opulencia y escuche tu memoria quebradiza.
Pero nos robaron nuestro tiempo,
no me fue dado el poder de decirte con mi voz que te quedases a mi lado,solo cuando me lo pedías.
Pero bien sabes, que eres mio, te poseo como nadie, te necesito cómo a nadie.
Más se que algún día hablaran de nosotros, diran que fuimos uno, en nuestra poesía.
El escrito de Francisca a Rubén Darío es una fiel declaración de amor, amor eterno y para siempre, una entrega donde la generosidad de dar lo que poseía, era su poder. El amor !!!!el amor que sentía por el hombre que amaba.
He llorado leyendo el texto completo.
Esto es parte de lo que decía Francisca Sánchez compañera, que no esposa, a Rubén Dario.

de Manuel Gandarias Carmona Publicado en Nube